lunes, 26 de enero de 2015

Dado que el suicidio es un pecado grave, ¿el que se quita la vida se condena?

Antes, la Iglesia no permitía enterrarlos en suelo sagrado, pero esto ha cambiado


El suicidio es indudablemente un pecado muy grave. El que sea por desesperación no disminuye su gravedad, pues la desesperación es también un pecado muy grave. Tradicionalmente se ha incluido entre los llamados “pecados contra el Espíritu Santo”, de esos referidos por aquellas palabras de Jesucristo: pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás tendrá perdón, sino que será reo de delito eterno (Marcos 3, 29). Se consideran tales los pecados que en sí mismos impiden el arrepentimiento. La desesperación, claro está, es uno de ellos, y el suicidio por desesperación es la culminación de la misma. Como sucedió con Judas.

Por eso, durante siglos se pensó que el suicida no tenía salvación. Y prueba de ello es que se le negaban el entierro y las exequias católicas. Esto ha cambiado por dos razones. La primera es la comprensión que hoy se tiene de las enfermedades psíquicas. En muchas ocasiones lo que empuja al suicidio es un fuerte trastorno mental, con lo que queda seriamente en entredicho que el quitarse la vida obedezca a un acto libre, condición indispensable para que un pecado sea tal. En muchos casos, atendiendo a cómo es la persona y cómo vive, puede asegurarse que no se habría suicidado si hubiera estado en su sano juicio.

Hay sin embargo otra razón, más profunda. Y es que todos, también quienes se quitan la vida, tienen una última oportunidad de arrepentimiento en el momento de la muerte. Es conocida la anécdota de Santa Teresa de Jesús al respecto. Cuando se enteró de que un joven por quien rezaba se había suicidado tirándose por el puente al río (una manera de hacerlo que hoy parece un tanto primitiva, pero que entonces era usual), la santa se encaró con el Señor, y oyó la respuesta divina: “Teresa, Teresa, ¿acaso no sabías que entre en puente y el río estaba Yo?”. Al parecer se arrepintió a tiempo.

Esa oportunidad la tienen todos, aunque la forma de muerte sea mucho más instantánea. En el momento supremo de rendir cuentas de la vida, el tiempo no cuenta: todo es instantáneo. De ahí que en ningún caso se puede asegurar la condena eterna de nadie. De todas formas, hay que reconocer que quien se suicida en su sano juicio movido por la desesperación todavía cuenta con una oportunidad, pero ciertamente se lo pone difícil a sí mismo. Aunque, por supuesto, hay que rezar por quien ha hecho una cosa así.

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