domingo, 12 de enero de 2014

Mons. Enrique Pérez Lavado: CARTA PASTORAL “EL AÑO DEL DOMINGO” A TODA LA IGLESIA DE MATURÍN


CARTA PASTORAL
“EL AÑO DEL DOMINGO”
A TODOS LOS FIELES LAICOS, CLERO Y CONSAGRADOS DE LA DIÓCESIS DE MATURÍN

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, salud y paz en el Señor.

1.    Del Año de la Fe al Año del Domingo

Nos aprestamos a concluir la celebración del Año de la Fe, al que fuimos convocados por su Santidad el Papa Benedicto XVI, hoy Obispo Emérito de Roma. Siguiendo las orientaciones que él nos diera en la Carta “Porta fidei”, inauguramos dicho año con una celebración de apertura el 20 de octubre del 2012. Desde enero de 2013 comenzamos en nuestra Diócesis el estudio de los artículos del credo, siguiendo la enseñanza contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica y de los documentos del Concilio Vaticano II, cuyo 50 aniversario motivó la celebración de este Año de la Fe. En nuestras parroquias, estructuras y movimientos, ayudados por valiosos insumos preparados por personas competentes, numerosos fieles animados por sus párrocos y responsables, han profundizado en la fe apostólica. De igual modo, con el presbiterio, en cada reunión mensual de clero, hemos recorrido el mismo camino.

Ahora, al clausurar este Año de la Fe, damos gracias al Padre, de quien procede el don de la fe, a Jesucristo el que la “inicia y consuma” (Hb 12,2) y al Espíritu Santo, que toca nuestros corazones para que podamos vivirla y proclamarla. Le presentamos los primeros frutos de muchos hermanos y hermanas que han podido crecer en la fe; crecimiento que se expresa en una conciencia de una más clara  identidad y pertenencia a la Iglesia. Por todos los dones y gracias derramadas a lo largo de este Año lo bendecimos, adoramos, y renovamos nuestro compromiso bautismal, declarándonos discípulos misioneros de Jesucristo, dispuestos a vivir en plenitud nuestra fe como seguimiento de Jesús y como testigos valientes del Evangelio.

Un momento vital de vivencia, alimento y profesión eclesial de la fe; en el cual los cristianos son inmersos nuevamente en el Misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo y en la comunión de la Santísima Trinidad, sin el cual es imposible mantenerse fieles a su vocación de bautizados,  es el domingo: “Día del Señor.”

Considero, por tanto,   que la semilla sembrada durante el año de la fe, podría quedar estéril, si no es abonada y regada cada domingo. La trascendencia o importancia de la práctica dominical para la fe, muchas veces no valorada u olvidada por muchos católicos, nos mueve a convocar a todo el Pueblo de Dios que camina en la diócesis de Maturín a celebrar El “ AÑO DEL DOMINGO”.

La celebración del Año del Domingo iniciará al final de la misma celebración de clausura del Año de la Fe,  el próximo 23 de noviembre de 2013 y concluirá, Dios mediante, el 22 de noviembre de 2014.

El objetivo general del “Año del Domingo” será
REAFIRMAR LA CENTRALIDAD DEL “DÍA DEL SEÑOR”, Y DE LA EUCARISTÍA DOMINICAL EN LAS DISTINTAS COMUNIDADES DE LA DIÓCESIS E INCENTIVAR LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN SU CELEBRACIÓN.


Sus objetivos específicos:

-          MOTIVAR LA PARTICIPACIÓN DE TODOS LOS BAUTIZADOS EN LA SANTIFICACIÓN DEL DOMINGO, MEDIANTE EL ANUNCIO DEL KERYGMA Y DE UNA CATEQUESIS MISTAGÓGICA DIRIGIDA AL PUEBLO DE DIOS.

-          PROVEER LA PREPARACIÓN E INSTITUCIÓN DE MINISTROS QUE GARANTICEN LA CELEBRACIÓN DOMINICAL EN LAS COMUNIDADES CARENTES DE LA PRESENCIA CONSTANTE DEL SACERDOTE.

2.    Centralidad del “Día del Señor”

El día del Señor- como ha sido llamado el domingo desde el tiempo de los Apóstoles- ha sido siempre en la historia de la Iglesia, el recuerdo en la sucesión semanal del tiempo, del día de la resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la celebración en él de la primera creación y del inicio de la “nueva creación” (cf. 1 Co 5,17). Es el día de la evocación adoradora y agradecida del primer día del mundo y a la vez la prefiguración, en la esperanza activa, del “último día”, cuando Cristo vendrá en su gloria (cf. Hch 1,11; 1 Ts 4,13-17) y hará un “nuevo mundo” (cf. Ap21,5) (1).


Conmemorando, no sólo una vez al año, sino cada domingo, el día de la resurrección de Cristo, la Iglesia indica a cada generación lo que constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo (2).

El Beato Papa juan Pablo II, quien nos dejó una excelente enseñanza sobre el domingo, en su Carta Apostólica: “El día del Señor”(“Dies Domini”), añade: “La proximidad del tercer milenio, al apremiar a los creyentes a reflexionar a la luz de Cristo sobre el camino de la historia, los invita también a descubrir con nueva fuerza el sentido del domingo: su <<misterio>>, el valor de su celebración, su significado para la existencia cristiana y humana” (3).

El domingo es el día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir como un don, no solo para vivir las exigencias propias de la fe, sino también para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano.

Pero, cada vez más, el crecimiento de la cultura urbana va convirtiendo para muchos el domingo en un día vacío y de soledad, no pocas veces causa de depresión. Es una característica de la cultura de quienes viven el tiempo como algo totalmente vacío y sin sentido alguno y, precisamente “la pausa laboral” del domingo se convierte en el día en que con más fuerza se manifiesta ese vacío y ese absurdo del tiempo sin sentido, en el cual la persona se encuentra como arrastrada por el tiempo. No falta quienes han hablado de la “crisis existencial del domingo por la tarde”.

El domingo, en cambio, para los cristianos es el día en el que celebramos y hacemos la experiencia de la plenitud del tiempo, lleno de Dios, lleno de vida eterna, es decir: nuestro tiempo, colmado del significado de Dios a través de la muerte y resurrección del Señor Jesús. Es el día en el que vivimos con especial intensidad que Dios es “Emmanuel” (Dios con nosotros). La experiencia de la fe cristiana es, precisamente, la del encuentro con Cristo crucificado y resucitado: este encuentro nos cura de las heridas del pecado, que continuamente se abren; este encuentro siembra la vida en nosotros y da sentido a nuestra vida; este encuentro nos da la fuerza y el impulso para atravesar el tiempo, todavía sujeto a las agresiones del mal; por este encuentro se activa en nosotros la espera del cumplimiento de nuestra liberación, la espera del señor que está por venir.Este encuentro con Jesucristo muerto y resucitado se renueva en nosotros cada domingo: el domingo cristiano es, el cambio del tiempo herido en el tiempo sanado; es una terapia del tiempo vacío a través de aquel que es la plenitud del tiempo: Jesucristo (4).

3.    Centralidad de la eucaristía dominical

La participación en la misa dominical es distintivo característico del cristianismo y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la misa del domingo, faltaría el corazón mismo de la vida cristiana. De aquí la necesidad de dar prioridad, en los programas pastorales,a la valorización de la misa dominical.

Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiadodel encuentro de las comunidades con el Señor resucitado (5).

Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la vida. Por eso la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana(6).

El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso a la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largode los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Latinoamérica y ElCaribe para que, además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor! (7).

4.  Sin la Eucaristía dominical no  hay verdadera comunidad cristiana

En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus";  es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado. Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI.

San Pablo, escribiendo a los Corintios, afirma: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan (1 Co 10, 17).

La consecuencia es clara: no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentarnos ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón:  no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias.

La Eucaristía -repitámoslo- es sacramento de la unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos. Por eso, sostenidos por la Eucaristía, debemos sentirnos estimulados a tender con todas nuestras fuerzas a la unidad plena que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo.

 En la Eucaristía, Cristo está realmente presente entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con él. De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos, y la comunión con el Señor siempre es también comunión con las hermanas y los hermanos. Y vemos la belleza de esta comunión que nos da la santa Eucaristía (8).

 El único y el mismo Cristo está presente en el pan eucarístico de  todos los lugares de la tierra. Esto significa que sólo podemos encontrarlo junto con todos los demás. Sólo podemos recibirlo en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol san Pablo? Escribiendo a los Corintios, afirma: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan" (1 Co 10, 17). 
 Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación.

Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquía se refería a los cristianos como "aquellos que han llegado a la nueva esperanza", y los presentaba como personas "que viven según el domingo" ("iuxtadominicamviventes"). Desde esta perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: "¿Cómo podríamos vivir sin él, a quien incluso los profetas esperaron
"¿Cómo podríamos vivir sin él?"
(Ep. ad Magnesios, 9,1-2).
. En estas palabras de san Ignacio resuena la afirmación de los mártires de Abitinia:  "Sine dominico non possumus". Precisamente de aquí brota nuestra oración: que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, "nuestra paz" (Ef 2, 14), al mundo (Ib).
Podría decirse, con propiedad, que sin la eucaristía dominical no hay comunidad cristiana que subsista. 

5.  Otros elementos del domingo, claves para la vivencia
transmisión de la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Además de la celebración de la Eucaristía, elemento principalísimo de la santificación del día del Señor, en el domingo existen otros elementos más que son claves para la existencia del cristiano y de la comunidad eclesial. El domingo es también una oportunidad para ejercitar en nosotros las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad que caracterizan la vida cristiana y para la transmisión de la conciencia de las mismas a las nuevas generaciones, a los que están en la iniciación cristiana y a los católicos que se han alejado de la vida cristiana.
El domingo es el “día” del Señor, no “una hora” del Señor. Es necesario que en nuestra conciencia cristiana tengamos bien claro que todo el día domingo, todo su tiempo, no sólo durante la misa, es lo que la teología católica llama un “kairos” , es decir: un tiempo de gracia, un tiempo donde el Señor se manifiesta actuando en medio de nosotros, solidificando nuestra fe, alimentando nuestra esperanza y animándonos en la caridad.

No podemos reducir el domingo al “ritual” con el cual la sociedad secular de nuestro tiempo vive este día. Para la sociedad actual el domingo no es más que una parte del “fin de semana”, un día de descanso “ocioso”, de esparcimiento, un día de compras, o un día de horas extras de trabajo.

 En la tradición popular nuestra, persisten elementos que llevan la semilla cristiana de nuestros mayores, aún en quienes no asisten a la misa; como, por ejemplo: la reunión y el encuentro para el compartir familiar; bien sea para un almuerzo donde todos comparten alrededor de los alimentos; bien sea para un paseo disfrutando de la naturaleza. En estas costumbres está, como decía, presente una reminiscencia, un rescoldo de la memoria cristiana del domingo como día de descanso gozoso en las manos del Creador.

El domingo, pues, es día de compartir la fe, la esperanza y la caridad, con y en la familia; es día para una acción evangelizadora por el sector u otro lugar donde la comunidad parroquial nos indique; día para acercarnos a los ancianos solitarios o a los enfermos incapacitados. Es día, también, para contemplar la obra de Dios Creador en la naturaleza. Nuestros domingos pueden ir llevándonos a desarrollar, por supuesto con la debida alternancia, todos estos elementos.

6.    Motivar, mediante el anuncio del Kerygma, la santificación del Día del Señor.

En total consonancia con el Concilio Plenario de Venezuela y el Documento de la V Asamblea del episcopado latinoamericano y del caribe, conocido como “Documento de aparecida”, todo este año temático del Domingo en nuestra Diócesis, queremos propiciar un movimiento misionero, evangelizador y formativo, dirigido a la comunidad de los creyentes, que esperamos potencie, a su vez,  otras acciones misioneras hacia los alejados de la fe o de su práctica. Esto nos situará en la gran dinámica propuesta por los Papas Benedicto XVI , Francisco y por  el episcopado, a la Iglesia en América: “La Misión Continental.”

El kerygma, como sabemos, es el anuncio, la propuesta, el llamado a la fe y a la conversión, ante Jesucristo, muerto por nuestros pecados y resucitado, vivo entre nosotros, que, por medio de la predicación de testigos enviados por la Iglesia apostólica, con el poder de la Palabra y del Espíritu Santo, nos introduce a ese encuentro personal y eclesial con Jesucristo vivo. Encuentro del cual brota la gracia en quienes lo acogen y  provoca en ellos la necesidad de la viva incorporación a la comunión y a la misión de la Iglesia; realidades éstas que tienen su “fuente y meta” en lo que recordamos y vivimos en el Domingo, día del Señor.

Por eso, en este “Año del Domingo” la Iglesia Católica que vive en Monagas: fieles y pastores, quiere hacer resonar el kerygma, la “Buena noticia” de su Señor Jesucristo, dirigido a todas las personas de hoy.

 No quisiera desaprovechar esta Carta, de modo que les propongo este breve anuncio kerygmático, tomado de las palabras del Cardenal Angelo Comastric,(9).

“La verdadera felicidad de toda persona está en existir y vivir con Dios, porque sólo Dios es vida y alegría: sólo Dios puede llenar ese vacío y anhelo de felicidad que hay en todo corazón humano. Pero el hombre, lo sabemos bien, ha cortado los puentes con Dios, usando la libertad para apartarse orgullosamente de él. Y así ha entrado en el mundo el pecado. El pecado ha entrado en el mundo por medio de la libertad humana que se ha transformado en pecado; es decir, en rechazo de Dios. Y con el pecado entró en el mundo la muerte-ruptura, la muerte-laceración, la muerte-sufrimiento; de la cual habla San Pablo al afirmar:<<la paga del pecado es la muerte>> (Rm 6,23).

Y ¿cuál fue la reacción de Dios ante el pecado del hombre? La reacción de Dios es una reacción de amor: envió a su Hijo en medio de nosotros, para que pudiese construir un puente de comunión entre Dios y nosotros. Dice el apóstol Juan :<<de tal manera Dios ha amado al mundo, que le ha enviado a su Hijo único, para que todo aquel que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna>> (Jn 3,16).

Y el Hijo de Dios se hizo hombre: Dios llegó a ser <<Emmanuel>>, esto es: Dios con nosotros. Este es el acto central de toda la historia humana, ante el cual cada día debemos caer de rodillas con lágrimas en los ojos.

Jesús, con todo su ser, es lo contrario a nuestro pecado. Mientras el pecado es ruptura, odio, aislamiento orgulloso, egoísmo gozoso, rechazo del vivir para donarse, Jesús es rostro mismo del amor. Jesús, nos ha contado(es la palabra usada por San Juan 1, 18) el misterio de Dios como misterio de amor infinito; a tal punto, que mirando a Jesucristo, Juan llega a formular el conocido binomio: <<Dios es amor>> (1 Jn 4,8. 16).

En cierta forma, la vida humana es un entrenamiento para la muerte, es decir: un continuo aprender a expresar nuestra libertad en un acto que asuma todas nuestras potencialidades. Jesús, en cuanto es verdadero hombre, cumple su misión sobre todo en su último acto: esto es, pasando de este mundo infectado y opacado por la oscuridad del pecado, al abrazo de amor filial con el Padre. Abrazo que, solamente en Cristo y por Cristo, llega a ser posible también para nosotros.

La Iglesia proclama en el Credo, después de afirmar la encarnación del Hijo de Dios, que éste <<fue crucificado, muerto y sepultado>>. Jesús fue crucificado por nosotros, muriendo se sumergió en la experiencia dramática de la muerte, construida por nuestro pecado; pero muriendo, Jesús la ha colmado de amor y de presencia de Dios. Por tanto, con la muerte de Cristo, la muerte ha sido vencida, porque Cristo ha llenado la muerte con la fuerza opuesta al pecado que la generó. ¡Jesús la ha llenado de amor! Esta es la razón por la cual <<con sus llagas hemos sido curados>>(Is 53,5).

En la crucifixión, en la elevación de Cristo en la cruz (cf. Jn 12,32-33), elevación en cruz, para Juan, preñada de resurrección y gloria, se alcanza el fondo de la fragilidad humana propia de Cristo; el amor de Dios hace irrupción en la humanidad de Jesús y la transforma en un cuerpo resucitado, en un cuerpo permeado por la potencia de la vida de Dios.

Es por esto, que San Pablo escribe este irrenunciable anuncio cristiano a los fieles de Roma: <<¿no saben que cuantos fuimos bautizados (inmersos) en Cristo Jesús, hemos sido bautizados (inmersos) en su muerte? Por medio del bautismo hemos sido sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así podamos nosotros caminar en una vida nueva. ….Por tanto, si hemos sido unidos a él en una muerte similar a la suya, lo seremos también en su resurrección>> (Rm 6,3-5).

Los cuatro evangelios testifican que Jesús resucitó en la madrugada <<El primer día después del sábado>>(Cf. Mt 18,1-7; Mc 16,1-79; Lc 23,55-56, 24, 1-6; Jn 20,1-8).

El primer día después del sábado, es el día en el cual la más grande novedad se ha cumplido en el tiempo, haciéndolo explotar inundándose de la eternidad de Dios. El primer día después del sábado es el inicio del futuro, el amanecer del día sin ocaso hacia el cual nos encaminamos. El primer día después del sábado es el día al cual los cristianos no pueden renunciar, porque todo nuestro camino va hacia aquel día: va hacia la resurrección con Cristo”.

Vemos, pues, cómo el Domingo, es el punto en que el tiempo conecta con la eternidad de Dios, el Domingo es la referencia temporal de la resurrección (cf. 1 Cor 15, 4). El domingo en sí, es un componente del Kerygma, este último y el domingo no se pueden separar.

7.    Una catequesis mistagógica, dirigida al pueblo de Dios, que motive a todos los bautizados en la santificación del Domingo.


Se entiende por “Mistagógico(a)” toda inducción o enseñanza (gogía) que prepara o ayuda a profundizar al catecúmeno o al cristiano mismo en las celebraciones de los “Misterios” (Mysteria),de la fe. Teniendo el Domingo una centralidad principal en la celebración del misterio de nuestra salvación, además de su presentación a partir del kerygma, es preciso que quienes tenemos alguna misión en el oficio de enseñar (munus docendi), programemos y desarrollemos para todos en la diócesis, esta Mistagogía sobre el Domingo. Para ello propongo, como texto base la anteriormente mencionada Carta Apostólica DiesDomini(El día del Señor) del Beato Papa Juan Pablo II.

Además de presentarnos la “Buena noticia” del Domingo Cristiano, debe esmerarse dicha mitagogía, en estimular en todos la verdadera motivación que mueve a los cristianos a santificar el Día del Señor. La verdadera motivación de nuestra participación en la celebración del Domingo, no puede reducirse a la exigencia de una norma positiva: “porque está mandado”, por “obligación”. La verdadera motivación, va más allá de la Ley: es una motivación de amor.

Es necesario que el Domingo se perciba, no primariamente como un precepto, sino como un don de amor del Señor. La participación comunitaria en la eucaristía, que es el corazón del día del Señor, es un “privilegio” y, porque es un privilegio, el cristiano debe sentir la obligación interior de participar en ella. Si nuestra catequesis no logra transmitir esta comprensión del Domingo, el precepto continuará apareciendo para muchos, como algo: odioso, incomprensible e infructuoso.

Otro elemento que no debe faltar en esta catequesis es la dimensión eclesial, comunitaria, comunional, de la celebración del Domingo.  El día del Señor nace de una “convocación” (Ekklesia); es decir, de una llamada a reunirse para expresar el misterio de la Iglesia como familia que vive una única vida: la vida de Dios, la vida del amor y  de la comunión. La participación en forma aislada, casi huyendo de la comunidad, sería una contradicción a esta dimensión del Domingo y de la Iglesia como convocación. Urge que los católicos de hoy descubramos el significado profundo del reunirse para la Eucaristía: la reunión eucarística es una “epifanía”, una manifestación del Misterio de Dios presente en nosotros y, por eso, es el antídoto a la soledad y el egoísmo que caracteriza a la sociedad sin Dios. Acojamos la exhortación de los padres apostólicos:“No descuiden ni priven al Salvador de sus miembros, no laceren ni mutilen su cuerpo no participando en la asamblea. No quieran oponer a la palabra de Dios los deseos de la vida temporal, sino más bien, el domingo, dejen todo aparte, apresúrense a la Iglesia” (10).

Igualmente, la catequesis sobre el Domingo, debe dejar en claro que esa dimensión comunional de la asamblea dominical, tiene como consecuencia natural, la participación también en la misión de la Iglesia. Lo que podríamos llamar: la “dimensión misionera” del Domingo. “El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana”(11).

También es importante incentivar a los fieles a vivir la “dimensión escatológica”(o de tensión hacia la plenitud del misterio de la salvación en Cristo). Mientras los cristianos se reúnen para la Eucaristía dominical deben aguardar anhelando el último domingo, alimentando con el aceite sus lámparas de la esperanza. Esta dimensión esencial de la vida cristiana debe ser subrayada en toda asamblea y celebración dominical: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”, ”mientras esperamos su venida gloriosa”.

Por último, es importante enseñar a los fieles a preparar el día del Señor. Por supuesto, este es un deber directo de los que presiden la Eucaristía dominical, de los demás ministros y equipos de liturgia, pero también los fieles deben prepararse, sobre todo para la comprensión de la palabra de Dios. Que no lleguemos al domingo sin habernos encontrado antes con la Palabra, en un momento de aproximación y profundización a sus textos. Partiendo de un renovado encuentro con la Palabra de Dios, podemos llegar al domingo, para poder exclamar como los Discípulos de Emaús: “¿No  ardía, acaso nuestro corazón en el pecho, mientras Jesús conversaba con nosotros a lo largo del camino y nos explicaba las escrituras?”(Lc 24,32).

Muchos otros aspectos sobre el día del Señor encontraremos en la Dies Domini, además de los que acabo de señalar, que la catequesis mistagógica de este Año de gracia deberá tener en cuenta, éstos amplían y complementan la síntesis esquemática que, a modo de orientación, acabo de proponer para la hora de preparar los distintos subsidios que serán ofrecidos en toda la Diócesis.

8.    Proveer ministros que garanticen la celebración del domingo
en las comunidades carentes de sacerdote.

Aunque es deber gravísimo de los presbíteros procurar con toda diligencia que los fieles puedan participar cada domingo de la celebración de la Eucaristía (12); no obstante, como es sabido, en nuestra Diócesis, como en muchas otras del País, existen comunidades y sectores, tanto en el campo, como en la periferia de nuestras ciudades y pueblos, que aunque cuentan con un lugar de culto (capilla) y tienen una cierta animación para la catequesis, la piedad popular, e incluso una organización a modo de pequeño “consejo pastoral comunitario”, no pueden contar con la presencia regular del sacerdote y por diversas razones, no se reúnen comunitariamente el domingo para celebrar el día del Señor.

 En muchos de estos sectores es frecuente observar cómo los templos o capillas de otras denominaciones no católicas están abiertos el domingo para el culto, la formación y la misión, mientras que la de los católicos permanece cerrada, sin ningún tipo de actividad dominical. Puede darse, de hecho, que los católicos se desplacen el domingo hacia la parroquia para participar en la Eucaristía. Pero también se constata que otro gran número de feligreses se quedan en el sector sin tener ningún tipo de acción de santificación del día del Señor, viviendo ese día, como un día de simple diversión, descanso e, incluso, trabajando como en cualquier otra jornada más de la semana. El domingo ya no existe como tal. No deja de haber católicos con hambre de la palabra de Dios y de vivir una experiencia de fe comunitaria, que acuden a los templos no católicos y terminan formando parte de esas congregaciones activas en su localidad.

El sano sentido de los fieles, mantiene la conciencia clara de que la práctica central del domingo es la Santa Misa, pero desconocen los otros elementos del día del señor y piensan que si no es posible la celebración de la Eucaristía, no puede haber celebración del domingo como tal. La escasez de sacerdotes, unida a esta comprensión, ha ido llevando en muchas de las comunidades donde no llega la presencia del sacerdote para celebrar la misa, a un olvido de la práctica dominical.

Si bien, como ya se ha indicado, la acción central de la celebración del domingo es la Eucaristía, la celebración del santo Sacrificio, existe una cierta “solución temporal” para el caso de numerosas comunidades en las cuales no es posible la presencia cada domingo del sacerdote. La historia de muchos siglos de comunidades de católicos en tierras de misión, privadas por décadas de la presencia sacerdotal debido a las violentas persecuciones y a la expulsión de todos los clérigos, testimonian cómo se han mantenido en la fe, gracias a laicos comprometidos que han asumido la misión de animar y coordinar las acciones y expresiones comunitarias de la fe, muchas veces por varias generaciones. Lo más importante que estos laicos cuidaron fueron: la reunión de la comunidad para santificar el día del Señor y la catequesis.  No pudiendo celebrar la misa, buscaron la forma de mantener viva la tradición del Domingo celebrándolo en comunidad, por medio de: la meditación de la Palabra, muchas veces apoyada por la contemplación de los misterios de Cristo a través del rosario de la Santísima Virgen, la catequesis a los niños, el compartir fraterno de los bienes, la caridad con las viudas, enfermos, ancianos y familias pobres. En fin, el domingo era un “día integral” para proclamar, vivir y transmitir la fe. En algunos casos, durante varios siglos, se mantuvo esta práctica, hasta que los sacerdotes y obispos pudieron regresar, trayendo consigo la celebración de la Misa y, con ella, la “plenitud” de la guarda del domingo.

La Iglesia, en su solicitud pastoral, considera que la asamblea de los cristianos para celebrar el día del Señor cada domingo, no deja de ser central y vital para la vida de fe y de santificación de cada comunidad cristiana, incluso si no es posible siempre la celebración de la Santa Misa; “ considerando el caso de la imposibilidad de la celebración eucarística, recomienda convocar asambleas dominicales en ausencia del sacerdote, según las indicaciones y directrices de la Santa Sede y cuya aplicación se confía a las Conferencias Episcopales. El objetivo, sin embargo, debe seguir siendo la celebración del sacrificio de la Misa, única y verdadera actualización de la Pascua del Señor, única realización completa de la asamblea eucarística que el sacerdote preside in persona Christi, partiendo el pan de la Palabra y de la Eucaristía”(13).

Mientras tanto, en la celebración dominical sin la Eucaristía, la celebración de la palabra de Dios, con los textos de la liturgia de cada domingo, es considerada como el momento central de la misma. Si bien no “sustituye” la misa, mantiene a los fieles en comunión con toda la Iglesia, escuchando y meditando con ella la  Palabra; por la oración de fieles, se une a la acción de gracias y a la intercesión universal del pueblo sacerdotal. Esta celebración de la Palabra dominical, mantiene viva la tensión y el deseo de la participación plena en la Eucaristía, apenas sea posible. Quien la preside dejará bien claro que su ministerio es un servicio por el  tiempo y que jamás reemplaza al sacerdote ministerial.

El Concilio Plenario de Venezuela, recoge y abala la experiencia ya de años en muchas diócesis del País de algunos laicos formados y enviados por los legítimos pastores para presidir celebraciones de la Palabra en ausencia del Sacerdote o del Diácono: “También pueden los laicos guiar celebraciones en ausencia del ministro ordenado. Sin perder su condición de laicos y sin imposición de las manos, la Iglesia les reconoce un puesto en los ministerios (Cf. DP 804, EN 73) y los puede llamar a desempeñar un servicio ya sea en la liturgia, en la palabra, o en la animación de la comunidad. El fundamento de su ministerio reside en el sacerdocio común de los fieles y en los carismas, en dependencia del ministerio jerárquico, y dentro de una pastoral orgánica” (14).

En la Diócesis de Maturín, por los momentos, tenemos dos ministerios concedidos a laicos: el ministerio para la  distribución extraordinaria de la Eucaristía y el ministerio para la animación de comunidades. En no pocos casos, estos ministros han asumido, como actividad extraordinaria a sus respectivos ministerios y por solicitud del párroco,  la presidencia de la celebración de la Palabra donde el sacerdote no puede estar siempre. Agradecemos de corazón la generosa entrega que con ello han demostrado para bien de tantos hermanos y hermanas en comunidades lejanas.

No obstante, la exigencia de la celebración dominical, que como hemos señalado, requiere una especial  preparación, nos lleva a pensar en un ministerio más específico y dedicado a ello, que garantice una mayor calidad y fructuosidad de la celebración dominical de la Palabra en beneficio de las comunidades: se trata del Ministerio para la celebración dominical de la Palabra.
 Consultado el Consejo Presbiteral, daré orientaciones al Secretariado Diocesano para la formación de agentes pastorales, para delinear, las funciones, el perfil, la preparación específica requerida, a quienes sean llamados a este ministerio.

9.    Conclusión

El domingo, pues, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a descubrir la riqueza del domingo como día del Señor y a darle en nuestra vida cristiana, personal, familiar y comunitaria la centralidad que el Señor mismo ha querido tenga, como “fuente y culmen” de la vida y misión del cristiano  y de la Iglesia toda.

Invito a mis hermanos, los presbíteros, a acoger y promover en las comunidades a su cargo pastoral, el itinerario diocesano para el “Año del Domingo” y a aplicarlo con celo misionero.

Encomendemos a la Madre de la Iglesia, que celebró con la comunidad apostólica el Domingo a lo largo de su peregrinar terreno a partir de la resurrección, ascensión y pentecostés. Hagámoslo, elevando hacia ella nuestro pensamiento y nuestra mirada de fe, como lo expresan estas palabras del Beato Juan Pablo II:

“Hacia la Virgen María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea dominical, aprendiendo de ella a conservarla y meditarla en el propio corazón (cf. Lc 2,19). Con María los fieles aprenden a estar a los pies de la cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo y unir al mismo el ofrecimiento de la propia vida. Con María viven el gozo de la resurrección, haciendo propias las palabras del Magníficat que cantan el don inagotable de la divina misericordia en la inexorable sucesión del tiempo: « Su misericordia alcanza de generación en generación a los que lo temen » (Lc 1,50). De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María, y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la Iglesia eleva a la Santísima Trinidad”(15).


Dado en Maturín, el 28 de Septiembre de 2013


Con mi bendición episcopal

                                                                 


+Enrique Pérez Lavado
Obispo de Maturín



Citas

(1)Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini  1                   
(2) Ib 2.
(3) Ib 3.

(4) Angelo Comastric, La domenica, giorno del Risorto, un giorno per ricuperare il senso de tuttigiorni, Bari, maggio 2005).

(5) Benedicto XVI,  Discurso de apertura a la V asamblea general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida 2007. 4.
(6) Ib.
(7) Benedicto XVI, Homilía en la misa de clausura del Congreso Eucarístico Italiano, Bari, 25 de mayo 2005).
(8) Ib.


(9) Angelo Comastric, Oc.

(10) Didaskalia Apostolorum II,59,1.3.

(11) Benedicto XVI, discurso de apertura a la V Asamblea general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida 2007. 4.

(12) Cf. CIC 528, parr 2.

(13) Documento de Aparecida 53.

(14) CPV, Celebración de los misterios de la fe (CMF) 78.


(15) Dies Domini  86.

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