lunes, 28 de enero de 2013

Homilía de Mons. Enrique Perez Lavado en la ordenación sacerdotal del Pbro. Reinaldo Favio Reyes.

Fotografía: José A. Guevara.
La iglesia diocesana de Maturín se llena de gozo con estas ordenaciones que estamos celebrando en el Marco del Año de la Fe y de los 50 años del Concilio Vaticano II. 

La Palabra de Dios que se acaba de proclamar viene en nuestra ayuda, sobre todo para estos hermanos que en breve recibirán el sacramento del Orden sagrado para ejercicio del Sacerdocio y del Diaconado. 

1. Jeremías, profeta, ejemplo de fe probada, tipo del Mesías sufriente, Buen Pastor 

En la primera lectura, escuchamos la narración de la vocación de Jeremías, profeta del Señor. La historia bíblica nos dice que el joven sacerdote, Jeremías de Anatot (localidad vecina a Jerusalén), vivió tiempos muy duros; le tocó predicar durante el trágico período en que se preparó y consumó la ruina del reino de Judá. A Jeremías le tocó predicar, amenazando en vano a los reyes incapaces, que sucedían en el trono de David. Fue acusado de derrotismo y traición a la patria por los militares, perseguido y encarcelado. Después de que Nabucodonosor tomó prisioneros al Rey y a todos los jefes de Judá, el profeta decidió quedarse con el resto humilde que permaneció en Jerusalén. Cuando unos judíos rebeldes asesinaron al gobernador nombrado por el rey invasor, gran parte de ese resto huyó a Egipto por miedo a las represalias y Jeremías fue obligado a irse con ellos. 

Este pasaje de la vocación, aunque está colocado al comienzo del libro, viene a ser la respuesta de Dios antes el misterio de la dolorosa pasión que el profeta sufre por mantenerse fiel a la Palabra y solidario con la suerte de su pueblo diezmado y condenado al exilio. En medio de esas duras circunstancias de la historia, Dios habla con su profeta e ilumina el porqué de los acontecimientos que parecen negar la existencia de Dios o cuestionan su fidelidad a la Alianza con el Pueblo elegido. La vocación de Jeremías es una buena noticia para el Pueblo elegido de Judá: “Antes de formarte en el vientre de tu madre, ya te conocía, y antes de que nacieras ya te había consagrado: profeta de los pueblos te constituí […]” “No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte.” Él era como prototipo del Pueblo que confía en Dios, del “resto” fiel. Pero lejos de ahorrársele al Profeta todo tipo de mal, debió también sufrir la tragedia que envolvió al pueblo de Jerusalén. 

En Jeremías, misteriosamente se da una especial asociación con Dios que le distingue como su representante ante los Reyes y la comunidad; pero, al mismo tiempo, nunca pierde su condición de ser una más de ellos. Su vocación se realizaría sufriendo – en solidaridad con Dios – la desobediencia y la traición del pueblo, y también sufriendo – en solidaridad con el pueblo – las consecuencias de su pecado. No escuchada su palabra y sometido al escarnio público a causa de la misma, Jeremías se convierte en profecía viviente, asimilándose tanto a la suerte del Dios desobedecido como a la del pueblo rebelde, sufriendo solidariamente con él las consecuencias de su pecado hasta el final. En la persona del Profeta perseguido y castigado, estaba la Palabra y la presencia del Dios viviente que lleva la historia de su pueblo amado. Jeremías, pasando por enormes crisis de fe y de vocación, se mantiene fiel, apoyado en la certeza del llamado; siempre volviendo, podríamos decir, a ese “primer amor” sentido en el momento de su vocación. Muchas veces, en medio de esas crisis, Jeremías diría no solo: “Mira que apenas soy un muchacho”. A muchos años ya de aquel momento, le oímos decir: “La Palabra de Yahvé ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía 'no volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre'. Pero había en mí un fuego ardiente prendido a mis huesos y aunque trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20, 10) “Pero Yahvé está conmigo, cual campeón poderoso.” (Jr 20, 11). El profeta es el hombre de la prueba, que en medio de la “noche oscura”, permanece en la fe, porque “fue seducido por el Señor” (cf. Jr 20, 7) y la constante referencia a esa experiencia de intimidad suya con Dios, le hará capaz de perseverar hasta el final de su vida. 

No es nada difícil descubrir también en Jeremías una figura, un “tipo” del Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, de quien se dice en la Carta a los Hebreos: Convenía, en verdad, que aquel por quien es todo y para quien es todo, que llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando, mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación […] No se avergüenza de llamarlos hermanos […] Por eso tuvo que semejarse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que toca a Dios, y expiar los pecados de pueblo. Pues, habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando (Hb 2, 10. 11b. 17-18) 

Descubrimos aquí el misterio de la vocación sacerdotal. Los presbíteros “tomados de entre los hombres” para representar a Cristo, Buen Pastor en la Iglesia y en el mundo; “configurados con él” para actuar “In persona Crhisti Capitis” (Cf. PO 2); pero, destinados al servicio de sus hermanos, sin dejar de ser nunca discípulos misioneros con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. Siendo, en medio de sus hermanos, “sacramento personal” de Cristo Siervo, que no deja de ofrecerse en sacrificio por los pecados de todos, cargando sobre sí “las dolencias de todos” (Is 53, 4: Mt 8, 17). Como dice el Vaticano II: “No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismo” (PO 3). 

2. Jesucristo, Buen Pastor, fuente y espejo de la “Caritas Pastoralis” 

La sencillez de la Parábola del Buen Pastor, recogida en Mateo y en Lucas, se convierte en una profunda reflexión cristológica en el capítulo 10 del Evangelio según San Juan. Jesucristo se nos presenta como el Buen Pastor porque sigue la voluntad del Padre, “entrega su vida por las ovejas”. Esta entrega será calificada por el Señor Jesús en la Última Cena como: el amor más grande del que “da su vida por los amigos” (Jn 15, 13). 

Estamos, así, delante del talante más carismático de la vida sacerdotal. Cristo, Buen Pastor, es el espejo perfecto y más que eso, la fuente misma, de la llamada Caritas Pastoralis (la caridad pastoral). Como exhorta el Concilio Vaticano II a los presbíteros: “Al regir y apacentar al Pueblo de Dios, se sienten movidos por la caridad del buen Pastor a dar su vida por sus ovejas, prontos también al supremo sacrificio, a ejemplo de los sacerdotes que, en nuestros días, no han rehusado a dar su vida[…] Practican la ascesis propia del pastor de almas, renunciando a sus propios intereses, no buscando su utilidad particular, sino la de muchos, a fin de que se salven, progresando más y más en el cumplimiento más perfecto de la obra pastoral y, donde fuere menester, prontos a entrar por nuevas pastorales bajo la guía del Espíritu de amor, que sopla donde quiere” (PO 13). 

El corazón y el alma del sacerdote se ensanchan hasta poder tener la sensibilidad y el celo del Pastor que “conoce sus ovejas”; incluidas las que no son del primer redil, esas “otras” que también tiene que apacentar y que el Vaticano II define así: “A su solicitud pastoral se recomiendan los que se han apartado de la práctica de los sacramentos y aun tal vez de la fe misma, no dejen de acercarse a ellos como buenos pastores. Teniendo presentes las prescripciones sobre el ecumenismo, no se olviden de los hermanos que no gozan de plena comunión eclesiástica con nosotros. Tengan, finalmente, por recomendados a todos aquellos que no reconocen a Cristo como salvador suyo” (PO 9). 

No solo somos pastores de los “cercanos”, tenemos obligación de apacentar a todos, también a los “lejanos”. Por eso es algo intrínseco del ministerio pastoral la dimensión misionera, evangelizadora. Tenemos que cuidar permanentemente nuestra formación para poder responder a estos desafíos. Esto precisa de los presbíteros de estos tiempos, la “Conversión Pastoral” a la que nos urge el Espíritu, que nos habla por los signos de los tiempos. Estar dispuestos a dejar viejos esquemas o formas y a vivir el sacerdocio de manera más creativa, en el fondo, más misionera que conservadora. 

3. El testimonio del Apóstol Pablo 

San Pablo, en el pasaje de la Segunda Carta a Timoteo (cuya memoria hoy celebra la Iglesia, junto con la de Tito), le exhorta: “No te avergüences del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, por el contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” (2 Tm 1, 8). La palabra sufrimiento es entendida como el esfuerzo – muchas veces difícil y doloroso – por el anuncio del único y auténtico Evangelio, Palabra de Dios y no nuestra. Entonces podríamos leer así la exhortación del Apóstol a Timoteo: “Toma parte conmigo en los trabajos de la evangelización, ayudado por la fuerza de Dios”. 

Al hablar de “evangelización” podemos caer en el pensamiento de muchas cosas por hacer, de muchos planes, de la invención de métodos, etc. Pero, no podemos quedarnos en un nivel netamente “activista”. 

El “trabajo” o “sufrimiento”, a los cuales se refiere Pablo, es la actitud de vida que procede del hecho de la gracia; por eso añade “ayudado por la fuerza de Dios”. Esto consiste en dedicar totalmente nuestra persona y vida a algo que no sale de nosotros, a una palabra que no es nuestra, sino “suya”. Esta disponibilidad total a la “vocación recibida” por pura gracia, implica la continua renuncia a uno mismo, a lo mío propio; implica un tipo de existencia “para los demás” y “por los demás”. Es todo un programa de vida en “renuncia permanente” para una entrega permanente. La Presbiterorum ordinis nos habla de la “ascesis” (ejercicio, autodisciplina) y no del simple hacer cosas, es a lo que se refiere Pablo al hablarnos del “sufrimiento-trabajo” por el Evangelio. 

Ciertamente, es múltiple y agotador, no exento de sufrimientos, que exige un equilibrio en la vida del sacerdote, para que su vida no fraccione y disperse, consumiéndose en una especie de agotamiento vacío. 

La Presbiterorum ordinis, advierte: “Los presbíteros, envueltos y distraídos en las muchísimas obligaciones de su ministerio, no sin ansiedad, buscan cómo pueden reducir a unidad su vida interior con el tráfago de la acción externa […] Pueden, sin embargo, construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio sugieren el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de aquel que lo envió para que llevara a cabo su obra. De donde se sigue que los presbíteros conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad de Padre y el don de sí mismos por el rebaño que les ha sido confiado. Así, desempeñando el oficio de buen pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción” (PO 14) 

Para el logro de este equilibrio de la “unidad de vida” es fundamental vivir la “caridad pastoral” desde un estilo de vida eucarístico vivido en profunda relación de intimidad con Cristo a través de un profundo hábito de oración: “Esta caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reducir en sí misma lo que se hace en el altar del sacrificio. Pero esto no puede lograrse si los sacerdotes mismos no penetran, por la oración, cada vez más íntimamente en el ministerio de Cristo” (Ib). 

Un último detalle que quiero resaltar en el texto paulino que escuchamos, es la misma invitación del Apóstol al obispo Timoteo: “soporta conmigo […] Toma parte conmigo […] de los trabajos por el Evangelio”. 

“¡Toma parte conmigo!” Esa invitación de Pablo a su sucesor sigue dirigiéndose hoy por cada obispo a cada presbítero. “Tomar parte con el Apóstol”, que le impuso las manos (cf. V.6) y en evangelización y el ministerio pastoral, ponen de manifiesto que “la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculos de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio. Obrando de esta manera, los presbíteros hallarán la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia.” 

“Todos los presbíteros, a una con los obispos, participan de tal forma en el mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo, que la misma unidad de consagración y misión requiere su comunión jerárquica con el orden de los Obispos” (PO 8). 

“Constituidos por la ordenación en el orden de los presbíteros, se unen todos entre sí por íntima fraternidad sacramental, especialmente en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo, formando un solo presbiterio. Porque, aunque ejerzan diversos menesteres, ejercen, sin embargo, un solo ministerio sacerdotal a favor de los hombres […] Así se pone de manifiesto aquella unidad que con Cristo quiso fueran los suyos consumados en uno, para que conociera el mundo que Él había sido enviado por el Padre” (Ib). 

No puede ser otra la forma normal de desarrollo del ministerio ordenado, en la Iglesia “Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad con todo el género humano” (LG 1). “Su cuerpo […] sacramento universal de salvación” (LG 48). 

4. Caminar y educar en la fe 

En este año de la fe, apenas celebrado en octubre pasado el Sínodo Mundial de Obispos para la Nueva Evangelización y la transmisión de la Fe, quisiera recalcar estas palabras de Vaticano II: “A los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación de conformidad con el Evangelio, a una caridad sincera y activa, y a la libertad con que Cristo nos libertó. De poco aprovecharán las ceremonias, por bellas que fueran, ni las asociaciones, aunque florecientes, si no se ordenan a educar a los hombres para alcanzar la madurez cristiana. Se le recomiendan los catecúmenos y neófitos, que han de ser gradualmente educados para que conozcan y vivan la vida cristiana” (PO 6). 

Dicho de otra manera, la opción de la Iglesia diocesana, en total consonancia con la Iglesia universal, como acabamos de escuchar del texto de Vaticano II y con el Concilio Plenario de Venezuela, de proporcionar itinerarios de fe para una oportuna iniciación cristiana, pone de relieve esta tarea como prioridad para el ejercicio del ministerio pastoral. Los obispos y los presbíteros somos los primeros en responsables de la iniciación cristiana. Esta, pues, junto con el anuncio del Kerygma y la llamada a la conversión de los alejados, serán los primeros objetivos de los presbíteros de estos tiempos de “Nueva Evangelización”. 

5. Exhortación final 

Por último, traigo para ustedes parte de la exhortación conclusiva de la Presbiterorum ordinis dirigidas por el Papa, Siervo de Dios Pablo VI y los Padres Conciliares a todos los presbíteros, que adquieren especial actualidad en el Año de la Fe: 

Es necesario que los guías del Pueblo de Dios caminen por fe, siguiendo el ejemplo del fiel Abrahán, “que por la fe obedeció para salir al lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11, 8). En realidad, el dispensador de los misterios de Dios puede compararse a un hombre que siembra en su campo, del que dijo el Señor: “Ya ya duerma o vele, noche y día, el grano germina y crece sin que él lo advierta” (Mc 4, 27). Por lo demás, el Señor que dijo: “tengan confianza, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33), no prometió por estas palabras a la Iglesia una victoria completa en el tiempo presente. Sin embargo, la tierra donde cayó la semilla del Evangelio fructificará ahora en muchos lugares bajo la guía del Espíritu del Señor que llena toda la tierra y ha encendido en los corazones de muchos sacerdotes y fieles un espíritu verdaderamente misionero (PO 22). 

Queridos hijos, que resuenen en sus oídos y corazones la llamada de Cristo “Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). “Vayan por el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). 

“Los encomendados a nuestra Madre, la Bienaventurada Virgen María, que guida por el Espíritu Santo, se consagró toda ella al ministerio de la redención de los hombres. Ella que es la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y Reina de los Apóstoles, auxilie su ministerio” (cf. PO 18b).

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